El albergue del terror

Esta historia nos pasó haciendo el Camino de Santiago, llegamos a un pueblo donde buscamos un apartamento rural, en este no había nadie hospedado y el casero/hospitalero nos tomó los datos, nos cobró y nos dijo donde podríamos ir a comer ya que aquel día estaba todo cerrado por ser festivo.

Entramos en el apartamento para peregrinos y era como una de aquellas casa antiguas de pueblo de techos altos y abovedados de paredes anchas y encaladas, muebles de mediados del siglo pasado y camas anchas y bajas como las de nuestras abuelas.

Pensamos que era un sitio pintoresco de modo que dejamos las cosas y salimos a comer, pero uno de nosotros volvió a por una chaqueta dejando una luz encendida de la parte privada, de la cual teníamos las llaves.

Mientras esperábamos a que nuestro compañero volviera, otro casero/hospitalero, mayor que el que nos había recibido apareció por la puerta de sus estancias privadas y nos preguntó de manera bastante seca.

-¿Donde vais?-

Le dijimos que a buscar donde ir a comprar algo y a comer.

El nos empezó a dar instrucciones, un poco secas pero instrucciones al fin y al cabo y no le dimos mas importancia.

El supermercado estaba cerrado pero cerca del restaurante había una gasolinera donde pudimos comprar algo para cenar y unas coca colas.

No habíamos aun entrado en el portal de los apartamentos cuando de repente este hombre osco volvió a aparecer, como si estuviera esperándonos tras el tintado cristal de la entrada y nos dijo.

-Os habéis llevado las llaves. Las llaves nunca han de salir del apartamento. ¿Y habéis comprado? Nosotros vendemos coca colas, os la puedo vender yo.-

Salimos un poco del paso diciéndole que ya que habíamos comprado pues habíamos hecho una compra general. Pero al subir al apartamento vimos que la luz que se había dejado encendida estaba apagada. El hospitalero había entrado en nuestras habitaciones…

Aquello ya puso nerviosos a dos de los cuatro miembros del grupo pero los demás no quisimos darle mayor importancia.

Tras una ducha me fui a dar un paseo y a disfrutar del pueblo. Al regresar mis compañeros me dijeron que el primer hospitalero había subido a hablar con ellos, a preguntarles como iba la peregrinación, de donde veníamos, hasta donde íbamos a llegar… algo que en muchos albergues es bastante común por lo que cuando regresé y me lo contaron no le dí mayor importancia, a pesar de que aquello no era un albergue si no unos apartamentos.

Pero cuando estábamos sentados en el salón a través de los cristales de la puerta vi pasar varias veces una linterna. Era el casero de mayor edad controlando lo que hacíamos y dejábamos de hacer. Teniendo en cuenta que eso era un apartamento rural y no un albergue como tal, él no debería de rondar el apartamento.

Aquello puso mucho más nerviosos a mis compañeros y a mi también por que no decirlo, de modo que decidimos atrincherarnos en la zona del apartamento donde estábamos y decidimos llevar allí el calefactor de aceite del baño, estando solos nadie más lo necesitaría.

De repente volví a ver la linterna por el pasillo eran ya más de las 22:30, una hora donde ya se debería de dejar intimidad a los inquilinos, se acercó a la puerta y se detuvo durante un par de segundos, el hombre abrió la puerta sin llamar y entró, miro el cable del calefactor que iba hasta debajo de la mesa camilla donde habíamos puesto el calefactor. Nos miro a mi compañera y a mi pues los otros estaban dormidos y nos dijo.

-¿Os han dicho que tenéis que iros antes de las nueve?.-

Solo eso, nada de decir buenas noches ni nada de nada, solo eso, a lo cual le contesté.

-Nos iremos antes no se preocupe.-

Él simplemente asintió, volvió a mirar el cable y se le intuyó que iba a decir algo pero salio cerrando la puerta introduciéndose en la oscuridad.

Aún pude ver como la linterna se detenía y se giraba de nuevo encarándose de nuevo a la puerta, pero no abrió, tras un instante se alejó de nuevo.

La situación aunque no lo parezca era bastante espeluznante, el comportamiento de aquel hombre era intranquilizante, tanto que decidimos cerrar las puertas por dentro, no temía que nos hiciera nada malo pero me daba miedo salir al baño e imaginarmelo sentado en el sillón y que me preguntase «¿donde vas?».

Pase aquella noche intranquilo casi sin dormir.

Al levantarnos todos habíamos tenido esas sensaciones, la chica que venia con nosotros tuvo una pesadilla con el hombre, su marido también había estado nervioso y mi compañero de habitación a pesar de tener fiebre se levanto varias veces para comprobar que la llave estaba echada por dentro.

Aquella mañana recogimos nuestras cosas y nos fuimos para no volver más…

Aunque esta historia pueda parecer una tontería la verdad es que lo pasamos bastante mal, no sabíamos si aquel hombre tenia algún problema mental, si no aceptaba que su casa señorial ahora fuera un hotel rural, o simplemente le molestaba que estuviéramos allí aquella noche, pero fuera como fuere la situación fue dantesca y lo mejor que pudimos hacer fue irnos.

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