El Tetris de Bea con su mochila

El Tetris de Bea con su mochila

Amanecimos en cierta ocasión en la cima del cerro Bonales, uno de los más sencillos que habíamos subido, 1055 en su vértice, y en el cual habíamos decidido pasar la noche haciendo vivac. El primero que hacíamos juntos y el primero que yo hacía en mucho tiempo.

Aparte de un gato que nos despertó rascando la bolsa de basura que teníamos, y la cual solemos colocar a unos cincuenta metros de distancia para evitar encuentros más peligrosos, y recogerla por la mañana. Así fue como los viejos de mi pueblo me enseñaron, claro que en mi pueblo hay jabalíes que pueden aparecer de villanos en una película de Marvel…

Me desvío… bueno pues eso, que aparte del gato; cuando nos despertamos, desayunamos algo y nos cambiamos, nos dimos cuenta que teníamos medio campamento desparramado a nuestro alrededor y era un tema hacer las mochilas de nuevo, las cuales no sabemos por que nos pesan tanto… de modo que de repente Bea puso la música del tetris en su teléfono y empezó a imitar aquel episodio de los Simpsons donde Homer se dedica a meter todo lo comprado en un rastro y a su familia en el coche, siendo bastante divertido… y bueno este es el resultado…

 

La historia del «Cazador de Monos»

La historia del «Cazador de Monos»

Sin duda, si me seguís en instagram, habréis visto que en algunas publicaciones pongo el Hastag #cazadordemonos y quiero contaros la historia de donde viene.

Hace un tiempo estuve viviendo en Polonia, en un pequeño pueblo de la Baja Silesia, más cerca de cualquier sitio de la República Checa que de algún sitio importante de Polonia… perdido entre bosques y montañas, donde dicen que los Nazis escondieron en el inmenso laberinto de túneles que perforan esta provincia el tren perdido del oro.

La cuestión es que para ir a trabajar debíamos de levantarnos, subir una cuesta enorme andando y esperar a que una furgoneta autobús, en las cuales nos pasó de todo (de hecho tal vez algún día os cuente algunas de esas historias), nos recogiese y nos llevase a trabajar, y para volver era el camino contrario.

Un día llenos de frustración por la situación que vivíamos se nos ocurrió gritar, y a mi me salio un grito digno de aparecer en una película de Tarzán. De hecho que por eso es lo de los monos.

La cuestión es que la voz resonó por todo el valle y nosotros en nuestra broma nos imaginamos a un padre y a un hijo en una de aquellas casas justo antes de comer de la siguiente guisa:

Hijo asustado: Padre ¿Que ha sido eso?

Padre preocupado: Es el Cazador de Monos hijo, témelo y respétalo.

Hijo: Pero si aquí no hay monos, padre.

Padre: Claro que no, él hace muy bien su trabajo…

Aquella tontería empezamos a repetirla todos los días y con la broma siempre que subo una montaña suelo etiquetar las fotos con el hastag #cazadordemonos en memoria a aquellos tiempos en los que vivía en mitad de un bosque rodeado de la nada y donde no había monos…

El albergue del terror

El albergue del terror

Esta historia nos pasó haciendo el Camino de Santiago, llegamos a un pueblo donde buscamos un apartamento rural, en este no había nadie hospedado y el casero/hospitalero nos tomó los datos, nos cobró y nos dijo donde podríamos ir a comer ya que aquel día estaba todo cerrado por ser festivo.

Entramos en el apartamento para peregrinos y era como una de aquellas casa antiguas de pueblo de techos altos y abovedados de paredes anchas y encaladas, muebles de mediados del siglo pasado y camas anchas y bajas como las de nuestras abuelas.

Pensamos que era un sitio pintoresco de modo que dejamos las cosas y salimos a comer, pero uno de nosotros volvió a por una chaqueta dejando una luz encendida de la parte privada, de la cual teníamos las llaves.

Mientras esperábamos a que nuestro compañero volviera, otro casero/hospitalero, mayor que el que nos había recibido apareció por la puerta de sus estancias privadas y nos preguntó de manera bastante seca.

-¿Donde vais?-

Le dijimos que a buscar donde ir a comprar algo y a comer.

El nos empezó a dar instrucciones, un poco secas pero instrucciones al fin y al cabo y no le dimos mas importancia.

El supermercado estaba cerrado pero cerca del restaurante había una gasolinera donde pudimos comprar algo para cenar y unas coca colas.

No habíamos aun entrado en el portal de los apartamentos cuando de repente este hombre osco volvió a aparecer, como si estuviera esperándonos tras el tintado cristal de la entrada y nos dijo.

-Os habéis llevado las llaves. Las llaves nunca han de salir del apartamento. ¿Y habéis comprado? Nosotros vendemos coca colas, os la puedo vender yo.-

Salimos un poco del paso diciéndole que ya que habíamos comprado pues habíamos hecho una compra general. Pero al subir al apartamento vimos que la luz que se había dejado encendida estaba apagada. El hospitalero había entrado en nuestras habitaciones…

Aquello ya puso nerviosos a dos de los cuatro miembros del grupo pero los demás no quisimos darle mayor importancia.

Tras una ducha me fui a dar un paseo y a disfrutar del pueblo. Al regresar mis compañeros me dijeron que el primer hospitalero había subido a hablar con ellos, a preguntarles como iba la peregrinación, de donde veníamos, hasta donde íbamos a llegar… algo que en muchos albergues es bastante común por lo que cuando regresé y me lo contaron no le dí mayor importancia, a pesar de que aquello no era un albergue si no unos apartamentos.

Pero cuando estábamos sentados en el salón a través de los cristales de la puerta vi pasar varias veces una linterna. Era el casero de mayor edad controlando lo que hacíamos y dejábamos de hacer. Teniendo en cuenta que eso era un apartamento rural y no un albergue como tal, él no debería de rondar el apartamento.

Aquello puso mucho más nerviosos a mis compañeros y a mi también por que no decirlo, de modo que decidimos atrincherarnos en la zona del apartamento donde estábamos y decidimos llevar allí el calefactor de aceite del baño, estando solos nadie más lo necesitaría.

De repente volví a ver la linterna por el pasillo eran ya más de las 22:30, una hora donde ya se debería de dejar intimidad a los inquilinos, se acercó a la puerta y se detuvo durante un par de segundos, el hombre abrió la puerta sin llamar y entró, miro el cable del calefactor que iba hasta debajo de la mesa camilla donde habíamos puesto el calefactor. Nos miro a mi compañera y a mi pues los otros estaban dormidos y nos dijo.

-¿Os han dicho que tenéis que iros antes de las nueve?.-

Solo eso, nada de decir buenas noches ni nada de nada, solo eso, a lo cual le contesté.

-Nos iremos antes no se preocupe.-

Él simplemente asintió, volvió a mirar el cable y se le intuyó que iba a decir algo pero salio cerrando la puerta introduciéndose en la oscuridad.

Aún pude ver como la linterna se detenía y se giraba de nuevo encarándose de nuevo a la puerta, pero no abrió, tras un instante se alejó de nuevo.

La situación aunque no lo parezca era bastante espeluznante, el comportamiento de aquel hombre era intranquilizante, tanto que decidimos cerrar las puertas por dentro, no temía que nos hiciera nada malo pero me daba miedo salir al baño e imaginarmelo sentado en el sillón y que me preguntase «¿donde vas?».

Pase aquella noche intranquilo casi sin dormir.

Al levantarnos todos habíamos tenido esas sensaciones, la chica que venia con nosotros tuvo una pesadilla con el hombre, su marido también había estado nervioso y mi compañero de habitación a pesar de tener fiebre se levanto varias veces para comprobar que la llave estaba echada por dentro.

Aquella mañana recogimos nuestras cosas y nos fuimos para no volver más…

Aunque esta historia pueda parecer una tontería la verdad es que lo pasamos bastante mal, no sabíamos si aquel hombre tenia algún problema mental, si no aceptaba que su casa señorial ahora fuera un hotel rural, o simplemente le molestaba que estuviéramos allí aquella noche, pero fuera como fuere la situación fue dantesca y lo mejor que pudimos hacer fue irnos.

El día que nos lavamos en una gasolinera

El día que nos lavamos en una gasolinera

Esto nos ocurrió en Sevilla, habíamos salido de ruta de senderismo por Málaga y la ruta como suele ocurrir se nos alargó un poco más de la cuenta haciendosenos un poco tarde.

Nuestro plan era llegar a Sevilla ir a cada uno a su casa e ir a una actividad en una casa encantada. No es que yo crea especialmente en eso, pero siempre mola eso de meterse en edificios abandonados y conocer su historia…

La cuestión fue que no íbamos a a poder hacerlo, no llegábamos, de modo que decidimos hacer una de las nuestras. (El día que nos lavamos en una gasolinera) No recuerdo quien fue el precursor de la idea pero en aquel momento parecía un buen plan…

Llegamos a una gasolinera ya cerca de Sevilla pero aun en la autovía, donde había fuera dos agentes de la guardia civil comiéndose un bocadillo, todo el mundo tiene derecho a un descansito y se quedaron un poco flipados al ver pararse un coche bajar cuatro personas e ir corriendo hacia el supermercado, el gasolinero pensaba que lo atracaban, pero nosotros necesitábamos el baño, después de andar durante 8 horas eramos lo mas parecido en olor a una osera.

El tipo viendo lo que le venía encima nos prohibió entrar en el baño de dentro y nos abrió el de fuera que llevaba sin conocer la limpieza al menos desde hacia siete años bisiestos… pero nosotros no eramos mucho mejor que aquel baño y para usar el grifo y el inodoro (que en aquel caso era oloro), nos daba bastante igual.

Fue Carmina quien se quedó en la tienda de la gasolinera, su trabajo hacerse con la siguiente lista de cosas:

  • Toallitas húmedas
  • Un desodorante de spray (no había)… fail!!!
  • Una coca cola zero de dos litros (somos unos jonkis y no podemos dejar de serlo)

Ella llegó cuando nosotros ya descamisados, aliviados y después de habernos echado agua del grifo para quitarnos lo más gordo habíamos tomado una mesa que había allí fuera ante la mirada atenta de los guardia civiles que no sabían muy bien que pasaba.  Al tiempo habíamos aireado aquel baño infecto para que ella que necesitaba un uso más personal no tuviera que soportar aquel olor tan intensamente.

Entonces empezamos a limpiarnos con las toallitas, un paquete extra grande, mientras nos pasábamos la coca cola, como si aquello fuera alguna especie de ritual aborigen o similar. Lo dejamos todo recogido, nos montamos en el coche y salimos otra vez pitando. Pudimos llegar a tiempo al evento

Esto parece algo bastante tonto, se convirtió en una de esas anécdotas que siempre recordamos (¿Recuerdas el día que nos lavamos en una gasolinera?), la verdad es que la parte de la casa abandonada luego no fue para tanto, pero el viaje hasta allí fue muy divertido.