Un poco de mi historia personal

Esta ha sido para mi una ruta muy especial, empezaba en mi antigua casa, donde viví de niño y mis primeros años de adolescencia.

En los cerros donde transcurre parte de esta ruta he llorado, reido, sangrado, di mi primer beso a una chica, aprendí a montar en bici, en moto a conducir y a disparar (cosa que deje de hacer incluso antes de dejar de vivir allí).

En los alrededores de la Jarosa aprendí a coger madroños, moras, cebolletas, bellotas, castañas, níscalos, espárragos…

Allí pase horas escuchando a mi abuelo, viéndolo como por las noches se iba armado solo con un «jopo» a la espesura que era entonces la Jarosa. «Voy a coger Gamusinos» me decía y yo como un niño que era siempre quería cazar aquel mítico animal.

Cómo veréis en el vídeo yo vivía justo enfrente de la finca, y era conocido que había un sendero casi devorado por la maleza, en unos cerros donde vimos multitud de veces jabalís de tamaño enorme (y no es la visión de un niño, hay fotos de ellos en algunos albumnes familiares que se van perdiendo en el tiempo).

Recuerdo las noches, cuando alumbrados por la simple bombilla de una dinamo en alguna de las bicis escuchábamos moverse un matorral, y como salíamos todos como si detrás nuestra viniera el mismísimo diablo.

Tal era la osadía de estos jabalís que en una ocasión uno durmió apoyado en la puerta de la casa y solo nos dimos cuenta cuando al abrir la puerta el animal salió corriendo hacia el cerro de enfrente mientras nuestros perros lo perseguían a cierta distancia sin atrever a acercarse.

Allí fue donde viví mi primer gran incendio forestal, teniendo que dejarlo todo atrás (ropa, libros, enseres…) por que las llamas saltaban el cortafuegos donde nosotros hacíamos «bicicross»

Multitud de historias os podría contar de mis vivencias allí, entre aquellos cerros llenos de vida, tantas como las que puede vivir un niño y un adolescente en sus primeros años en esa etapa.

He de reconocer que he ido poco por allí desde que nos fuimos, pero no pasa un día sin que recuerde aquella infancia, de hecho creía que todo el mundo vivía así hasta que descubrí que no era así en el instituto.

Recuerdo pasar una vez con mi primera novia en su coche y pasarlo fatal, que se me hiciera un nudo en la garganta; ¡había extraños en mi casa!

En cierta ocasión pasé andando por recordar solo por eso, el día 1 de Enero de hace algunos años mientras los demás dormían en una casa en una urbanización cercana.

En aquellas lomas y valles descansa mi «melliza», mi prima que solo tenía unos meses menos que yo y que nos dejó hace también algunos años.

Bueno en definitiva, cómo podéis ver es un sitio muy especial para mi, un lugar que se llena de sentimientos.

Pero era debido a aquella espesura y a aquellos animales que los niños aunque fuéramos lejos e incluso a veces armados con rifles de aire comprimido, tirachinas, palos, nunchacos caseros… nunca nos introducíamos demasiado en la Jarosa, aunque todos sabíamos que allí había un pantano, dehesas… por lo que los mayores contaban, pero al fin y al cabo solo eramos niños y aunque eran otros tiempos no podíamos alejarnos a más de lo que diera el teléfono de voces encadenadas de las madres, al menos no demasiado tiempo…

Comienza el camino

Luego ya se sabe, te haces mayor y quieres ir a otros sitios, ver lugares «mágicos», no tienes tiempo… y no vas nunca a ver aquel sitio que te vio crecer, olvidas que allí esta esperándote la auténtica magia…

Pero un día llega la maldita pandemia y vuelves a casa y tus propios primos pequeños (ya no tanto), te dicen que les organices una ruta sencilla y es cuando decides ver aquel pantano, cuando quieres ver que había detrás de la maldita cuesta que todos temíamos y organizas una ruta y te sorprendes al ver los mapas de que si habías estado allí, solo que habías ido por otros caminos, rodeando algo que estaba relativamente cerca, mientras ibas quemando rueda de la bici o del vespino rojo que te regalaron a los 12 años (y es que eran otros tiempos).

Y entonces fue cuando se me dibujó una sonrisa en la cara, iba a subir la cuesta iba a ver que había detrás de ella, iba a llevar a mis primos a esos valles de montaña donde me había criado, a recordar cada herida, cada risa, el olor de las chimeneas al atardecer en invierno y del cloro de las piscinas en verano.

Llegamos con los coches y nos detuvimos, ellos no sabían muy bien que aquel era el sitio pero ya se lo recordé yo y nada más empezar a andar me preguntaron ¿Tu te acuerdas del abuelo?

¿Cómo decirles todo lo que recuerdo de él? Aquel hombre alto de pelo cano, ojos claros y que siempre estaba «riñendonos» para hacernos reir y que al mismo tiempo llevaba a sus espaldas el peso de haber sacado adelante a una familia en una postguerra tras la guerra en la que luchó… que tardó 6 meses en morir sin que me dejaran verlo y esperaba en el coche a que mi padre se despidiera de él cada día desde que entró en el hospital. El hombre que marcó uno de mis principios más férreos… ¿Cómo no iba a acordarme de él?

Siento si estoy un poco sentimental hoy, pero mientras escribo estas líneas o les hablaba de él a mi primos, el resto del grupo no existía aunque si el camino en una Jarosa desbrozada y limpia… Entonces llegamos a la cuesta…

Subimos la loma y al otro lado había un pequeño olivar, un giro a la izquierda y se abría una dehesa de fantasía.

Sabéis que me gustan las montañas, pero el encanto que tiene caminar por una dehesa es indescriptible, ademas es un entorno ecológico que solo tenemos en España.

Allí puedes encontrar animales de todo tipo, desde reptiles, a roedores, rapaces, pájaros de todo tipo y todo alfombrado de verde invierno y salpicado de encinas y alcornoques.

El camino que se encuentra al llegar a este sitio esta muy bien marcado y te permite llegar a varios sitios, entre los que se encuentra Puerto Atarfi (Que está en mi lista de próximos objetivos), las colas del pantano de la Breña y que si se siguen llegan a Almodovar con su maravillo castillo, o al pantano de la Jarosa que se usa como piscifactoría.

He de decir que me habían dicho que estaba seco a pesar de las lluvias, pero yo esperaba que la montaña, y más aquella que me había visto crecer me diera un regalo…

De hecho cuando llegamos estaba a mitad de su capacidad, y eso para mi ya fue más que suficiente, había llegado al Pantano de la Jarosa desde la Jarosa y no desde de la carretera de los Rozales, era como quitarme un peso de encima.

Subimos un cerro para comer y ver a nuestro alrededor con unas vistas dignas de un pintor impresionista y tras la comida volvimos tras nuestros pasos disfrutando del camino, ya que no quise hacer la ruta circular para no hacer la vuelta por asfalto.

Conclusiones

Esta ruta ha sido para mi muy especial, ha sido el retorno a mi infancia, a reencontrarme con un espíritu que me dice que siempre hay que ver que hay detrás del siguiente horizonte, por que puedes estar más cerca de lo que crees de lo que buscas.

No es muy difícil y aunque puede resultar un poco tediosa en alguna pequeña cuesta, se puede hacer con la familia, eso sí, hay que tener cuidado con los ciclistas que abundan en los senderos ahora domesticados que llevan hasta el Pantano de la Jarosa….