Dormimos aquella noche en el aparcamiento de la semiabandonada pista de esquí de La Pinilla, ya que aun quedan algunos negocios y cuando el tiempo lo permite la asistencia de personas que van para practicar ciclismo, trail y trekking es enorme.

Al despertar entre los sacos, mantas y abrigos que nos cubrían tras pasar una noche helada, el día estaba mucho mas que nublado, con una humedad muy alta y un niebla que no dejaba ver a más de diez metros, por lo que yo intenté convencer a Bea de que no llevábamos buen equipo y que el tiempo no era bueno, pero cualquiera la convence de rendirse (menos mal por que el día fue de espectáculo)… de modo que poco después estábamos con las botas puestas, las mochilas a la espalda y subiendo aquella montaña, la última de Castilla la Mancha.

La ruta para subir al Pico del Lobo comienza en la misma estación de esquí y sube por donde supongo que iban las máquinas hasta la cima, zigzagueando.

Pero lo curioso es que ves que hay toda una ciudad prácticamente abandonada con multitud de anuncios de «se vende» en las ventanas, como si una plaga hubiera asolado la zona, y no es para menos, al parecer según nos contaron otros montañeros, la única pista de la estación, era lo que se llamaba una pista negra, y en ella habían muerto varias personas haciendo que finalmente se cerrase al uso, atrayendo a otro tipo de aficionados a la montaña que normalmente no tienen tanto dinero en el bolsillo como para una segunda vivienda en la montaña.

La cuestión es que el sendero asciende y asciende por un pinar en zig zag, y la humedad nos hacía sentir que estabamos en una ducha o en una sauna, hasta que de repente vimos que en algunos árboles había nieve y de repente el suelo, las rocas, los árboles, todo estaba blanco.

Seguimos el camino llegando a esa zona de la montaña en la que, en el colegio nos enseñan según la altura, dejan de crecer árboles, y es así de repente, como en otros sitios lo habíamos vivido, pero con nieve se intensifica la sensación, sobre todo cuando el sol radiante aparece con un cielo azul por que estas sobre las nubes.

Comienza entonces una parte del track que te hace seguir subiendo por una pequeña cresta en la que te pone la distancia al Pico del Lobo, otro camino y una loma más antes de llegar a un collado donde al fin se ve a lo lejos los restos de la estación del teleférico de la estación.

Seguimos avanzando por aquel sendero y aquel collado, afrontando la última subida, de hecho Bea emocionada me sacó algo de ventaja (no tiene fin su energía)

Y una vez llegas a la vieja estación semiderruida justo detrás se encuentra el vértice del Pico del Lobo con sus nada despreciables 2274 metros, donde nos hicimos algunas fotos, pero el espíritu de la montaña empezó a golpearnos con una pequeña ventisca y decidimos bajar al collado a disfrutar de un segundo desayuno.

Allí refugiados al abrigo de unas rocas nos sentamos a desayunar y a ver como algunas personas pasaban tanto en una dirección como en otra y como había quienes nos imitaban.

Eramos conscientes de que no habíamos traído equipo para soportar el tiempo que hacía y decidimos comenzar el descenso, el cual para nuestra sorpresa fue mucho más tranquilo de lo que esperábamos, pues al pasar por el collado al otro lado de la montaña, el viento no se movía y pudimos regresar a la estación mientras el cielo se despejaba y al llegar encontrar a gente incluso tomando el sol después de sus rutas en bicicleta.

Nosotros hicimos lo mismo, observando la imponente montaña que habíamos subido en todo su esplendor y nos disponíamos a volver a nuestra tierra andaluza después de un fin de semana lleno de aventuras, ya que desde el Pico del Lobo hasta casa nos faltaban unas seis horas de coche para regresar…